UCDM y yo

La Creación y la separación

Basado en Los Cimientos del Cielo, de José Luis Molina Millán

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Me pregunto acerca de la acción de pensar, del proceso que se genera en mi mente y que está operando siempre. Un diálogo que no cesa, una conversación conmigo misma que se activa nada más poner los pies en el suelo. Es un off-on, que arranca en el instante en que paso de la ensoñación a la vigilia.

¿Quién piensa?

Si mi cuerpo físico y todos sus órganos son materia, una maquinaria engranada que funciona de forma coordinada, ¿quién habla en mi cabeza? Porque yo no paro de articular palabras y mensajes en mi mente, ahí hay una conversación constante.

Mi cerebro, parte de esa maquinaria, procesa mis pensamientos y los hace llegar al resto de mi cuerpo y a mis sentidos. Pero mi cerebro es materia, y la materia no piensa, no siente, no habla…

Y entonces, ¿esa voz? o ¿esas voces?. No las emite mi cerebro, mi cerebro no tiene personalidad, mi cerebro es un trozo de carne.

Llego a la conclusión fácil, de que esa voz no procede de mi cuerpo, viene de algún otro sitio que no puedo alcanzar a conocer desde este yo corporal. Esa voz está en mi mente.

Mente, que no cerebro. Mente como algo abstracto y no material.

Intuyo, y acabo asintiendo, que esa voz es realmente lo que está vivo. Con esa voz es con lo que realmente me identifico.

Por lo tanto, yo no soy este cuerpo, ni este personaje con nombre y apellidos, yo soy esa voz, yo soy ese conjunto de pensamientos, que utiliza una mente como medio, o un pensamiento cuyo medio o instrumento es la mente.

Mis pensamientos son la voz de lo que soy, algo inmaterial y vivo, soy espíritu, y la mente su herramienta de expresión.

Como espíritu, me expreso como pensamiento a través de mi mente, y esos pensamientos, se comunican con mi cuerpo…

¿Cuerpo? Si verdaderamente soy espíritu y mi medio de expresión, de comunicación es la mente, ¿qué y para qué es mi cuerpo?

Silencio, no puedo saber, no puedo certificarlo, pero sí puedo afirmar lo que siento, y no puedo negar que en mi experiencia tengo y siento mi cuerpo…

Veamos, el pensamiento da vida a mi cuerpo, y por lo tanto, mi pensamiento/mente, dirige mi cuerpo.

Importante anotarme estas palabras: la comunicación ocurre de la mente al cuerpo, y, existe una relación entre pensamiento y vida.

Entonces, cuando muere mi cuerpo ¿muere mi espíritu y mi mente?

Por la vía de la razón, y al hilo de lo que he aceptado como válido, es el espíritu el que da vida a mi cuerpo, por lo tanto, la muerte de mi cuerpo solo puede ser una decisión que tome mi espíritu/mente.

Y si el espíritu/mente decide que mi cuerpo llegue a su fin, ¿por qué habría él de desaparecer? Una auto aniquilación no tiene ningún sentido.

Falta algo, y lo que falta es una pregunta clave:

¿Qué o quién da vida a mi espíritu/mente? ¿Hay otro Espíritu/Mente que me piensa?

Me parece fácil contemplar una idea de Espíritu/Mente original o principal.

Al Espíritu/Mente original, UCDM lo denomina Dios o Padre.

Un Espíritu/Mente primario, Dios o Padre, que piensa, crea, da vida, a otro espíritu/mente, en el que me reconozco, el que he aceptado que da vida a mi cuerpo.

Un Espíritu/Mente que me piensa, me crea, me da vida…

¿Para qué? ¿Para qué me piensa? ¿Qué consigue pensándome?

Una mente no puede dejar de pensar, esa es su naturaleza, su esencia, una mente piensa, y pensando se mantiene viva, pensando se extiende, pensando se conserva, pensando simplemente ES lo que ES.

Es un acto natural, sin propósito distinto al de simplemente SER lo que ES.

Necesito comprender más, faltan datos que completen la idea del Espíritu/Mente original, sin esos datos me confundo rápidamente porque tomo como referencia mi forma de pensar.

Y si algo sé, es que mi forma de pensar, no me hace precisamente feliz.

Así que para poder comprender mi realidad, me falta definir cuáles pueden ser las características del Espíritu/Mente que me piensa.

Sé que en mi vida falta algo, y lo sé porque sigo haciéndome preguntas, lo sé porque sigo buscando el sentido a lo que vivo.

A ver… si las características del Espíritu/Mente que me piensa son similares a las mías, tendría sentido: A=A, Hijo=Padre.

Pero entonces la Mente de mi Padre tendría tanta confusión como la mía, tendría tantos miedos como la mía. La idea no me gusta, pero encaja desde el punto de vista de que tenemos que ser de la misma naturaleza y características.

Pero hay una fisura.

Si de forma natural, la Mente de mi Padre es confusa, temerosa, vulnerable, si es todo eso que reconozco en mí, entonces eso sería lo normal, tener esos pensamientos sería mi naturaleza y entonces no andaría buscando algo diferente, algo que me falta, la infelicidad sería mi estado natural.

Y precisamente lo que ocurre es que me debato entre unos pensamientos que “me dan mala vida” y otros que me dicen que tiene que haber algo más.

Forzosamente tengo que explorar otra opción. Tengo, quiero, deseo, creer que el Espíritu/Mente que me piensa, el que me da vida y me crea a su semejanza, tiene unas características bien distintas.

Y me pregunto: ¿qué anhelo?

Sentirme en paz, sentirme segura, sentirme amada, sentirme arropada, acompañada, infinita, ilimitada, sentirme libre, sentirme inocente, sentirme plena y a salvo.

Si todo eso anhelo, todo eso he tenido que conocerlo antes, en ese estado he debido estar antes, así debe ser el Espíritu/Mente que me pensó y me creó a su semejanza. Esas deben ser sus características y por extensión las mías.

Y ahí me quedo y me dejo mecer, ahí podría perderme y dejarme ir, ahí siento que pertenezco. Ese debe ser mi hogar, porque eso lo reconozco como algo familiar.

Vale, ¿y ahora qué?

Tengo claro que no soy un cuerpo, que soy espíritu y mente y que hay un Espíritu y Mente que me precede y que me ha creado.

Sí, pero yo me experimento como cuerpo, yo me siento sola, yo no siento nada de lo que anhelo sentir, sí a ratos, sí a veces, pero es efímero, viene y va, llega para luego marcharse… Con estas primeras conclusiones en verdad no tengo nada.

Y me cuento un cuento, una secuencia que me llena de ternura, ¿podría haber sucedido así?

Me imagino al Espíritu/Mente original, al Padre, a Dios.

Lo trato de imaginar sin forma, sin límites, algo que represente la perfección, el amor, lo eterno, la paz y felicidad absolutas, el Todo.

Y me imagino a ese Todo tan inmenso, tan poderoso que de forma natural se expande, un movimiento de extensión infinita, por el simple deseo de experimentarse siendo la Perfección que Es, por el puro gozo de gozar.

El Padre, el Espíritu original, creando más de Sí Mismo, más de lo que ES, Espíritu y Mente.

Ese acto de extenderse a Sí Mismo sería la Creación, y el pensamiento, lo extendido, su Hijo, necesariamente de sus mismas características, pues es Él Mismo en estado expansivo.

El Hijo, es exactamente igual a Él, lo crea, lo piensa, a su imagen y semejanza; Amor Perfecto, eterno, libre e infinito, y con su misma capacidad para crear, para pensar, para extenderse.

Pienso en perfecto, sé que es un término que no puede abarcar el significado real de lo que representa. A algo perfecto no le sobra nada y no le falta nada, no empieza y no acaba, no cambia, no se modifica, no se deteriora, no puede mejorar ni empeorar. Lo perfecto es perfecto.

Me encanta imaginar cómo el Padre se dirige a su Hijo en el momento de su creación. Comprendo que es un intento vano de reflejar ese momento, si es que es posible extractarlo, pues decir momento entraña tiempo, y el tiempo en la eternidad no tiene cabida.

Pero imagino, porque necesito hacer una película a mi medida, que se produce un diálogo entre el Creador y la Creación, entre el Padre y el Hijo. Que seguro no pudo ser así, pues un pensamiento simplemente está en comunicación directa con su pensamiento original, está contenido en su fuente, es de forma inherente ella misma.

Y el Padre se dirige al Hijo y le susurra:

“Te amaré eternamente, como tú a mí.

Sé tan perfecto como yo,

Pues nunca podrás estar separado de mí”

Y pongo “pausa”.

“Te amo, te doy la vida, te doy la libertad, me doy a ti, deseo tu existencia, te hablo… Me extiendo a través de ti. Eres una extensión de mí”

Esas son las características del Padre entregadas al Hijo en el instante de ser pensado, de ser creado, de existir.

Y lo perfecto no cambia, y el Creador y el Creado, están unidos por razón de lo que son y de su naturaleza.

Reflexiono; esas características deben ser ciertas, pues suenan a lo que anhelo, me hacen sentir segura y parecen transportarme a otro estado que no puedo definir.

Y en cumplimiento de todas y cada una de esas características, tuvo que haber un consentimiento por parte del pensamiento creado, y siendo éste libre dijo:

“Sí Padre”

Y la Creación se dio.

Guau! Me parece maravilloso.

Me encajan todas las piezas, parece que en mi mente se arma una base sólida y firme que me calma, que me resulta familiar, no me es desconocida.

Y acepto que me llena de alegría darme cuenta de que esta opción es la mía, que la Mente que me creó es Perfecta y que hizo la mía a su imagen y semejanza.

¡Qué descanso! Que mi naturaleza es amor, es libertad, es perfección, inocencia, mi naturaleza es la unión indivisible con mi Padre, que no estoy sola, que no puedo sufrir, que no puedo tener miedo…

Suena de lujo, pero…

Eso es lo que anhelo, y si lo anhelo es porque creo que no lo tengo, porque creo que lo he perdido… ¿qué pasa aquí?

Aterrizo de nuevo y reconozco en mi mente, características de la primera opción, aquella que deseché. ¿Qué ha ocurrido? ¿Qué pasó para haber perdido un estado que era perfecto? ¿No había concluido en que lo perfecto no puede cambiar, no puede mutar, no puede acabar?

Rebobino y recopilo, para no perderme, para no alejarme del hilo de la razón. Reviso lo que he validado y asienta mis cimientos:

Un Espíritu/Mente original, un Padre que ES Amor Perfecto, que de forma inherente abarca la libertad, la inocencia, lo infinito y eterno.

Ese Espíritu/Mente, por razón de lo que ES se expresa creando pensamientos.

Esos pensamientos nacen de Él y son su Hijo, una extensión de Sí Mismo.

El Hijo, es exactamente igual a su Padre, no hay distinción con respecto a Él, tiene exactamente sus mismas propiedades. Si tiene las mismas características, el Hijo también puede extenderse y crear sus propios pensamientos.

Un Padre y un Hijo, una Unidad Indivisible de Espíritu/Mente.

Solo hay una diferencia, absurda hasta para mencionarla, pero en el ejercicio de buscar respuestas, necesario tenerlo en cuenta: el Espíritu/Mente se extiende y crea al Hijo, y el Hijo se extiende y crea a sus Hijos, y así sucesivamente.

Pero el acto de crear, que es extenderse, expandirse, tiene una dirección, es decir, todo parte del Padre, el primero, y se despliega hacia “afuera”.

La única diferencia es que el Padre crea al Hijo y no el Hijo al Padre, es decir, el Padre es el primero y el Hijo el segundo.

Y aquí me quedo, sé que es importante. Pongo en pausa el cuadro perfecto de la Creación, ese que me hace sentir dichosa y en paz.

Y le doy al play de mi cuadro actual, el de mi vida, y reviso, hay que revisarlo, porque no se parece en nada a ese que acabo de pintar.

Aquí, en este cuadro, en mi vida, resulta que parece que mi mente está dentro de un cuerpo, atrapada, lidiando con un montón de cuerpos que están separados del mío y que tienen sus propias mentes. En absoluto diría que sus mentes se parecen en algo. Por lo tanto veo diferencias evidentes entre cuerpos y mentes, no hay unión, solo cuerpos y mentes separadas, individuales, lejos de tener características en común y lejos de la felicidad.

Siento muchas cosas por esos cuerpos, todas muy dispares entre ellas: siento cariño por algunos, molestia con otros, envidias, admiración, enfado, nostalgia, me comparo y gano, me comparo y pierdo, me atacan y ataco, los quiero cerca de mí y lejos al mismo tiempo…

¿Amor Perfecto? Nada de eso hay aquí. No lo puedo ver, no lo puedo sentir. Aquí siempre falta algo o sobra algo.

Ya tengo mis dos cuadros pintados, ambos en mi mente y yo en medio de ellos. Observo.

¿Yo? ¿Y quién soy yo? ¿Quién es esa que observa? Debo ser espíritu...

Soy espíritu, capaz de pensar en dos cuadros opuestos. Uno me da paz, el otro me la quita.

La evidencia me dice que el bueno es el que me da paz, entonces, ¿cómo es posible que el que me la quita sea mi vida?

¿Puede lo perfecto dejar de serlo?

Eso es imposible, porque entonces no sería perfecto.

¿Cómo puede ocurrir algo imposible? Algo imposible no puede ocurrir, sino no sería imposible.

Vale, pero aquí estoy, en mi cuadro de no paz.

¿De qué manera algo perfecto puede conseguir algo imposible? Estoy llegando a un callejón sin salida.

Cambio la pregunta.

¿Para qué algo perfecto querría algo diferente a eso? ¿Qué puede motivar a algo perfecto a dejar de serlo?

Y me viene a la mente la única diferencia que había entre el Padre y el Hijo. Solo una diferencia, una sola…

El Padre crea al Hijo, el Hijo no puede crear a su Padre.

Retrocedo y me imagino la secuencia, un instante maravilloso de gloria y júbilo. El Padre acaba de crear al Hijo y todo es gozo y felicidad, un momento de fiesta y celebración, en el que el Hijo juega feliz, dichoso, pleno, entusiasmado siendo Todo, emocionado con su poder creativo.

Lo imagino loco de felicidad, como un niño en Navidad, explorando, jugando a desear completamente y experimentando la dicha de SER. Y en sus carreras locas, en su juego frenético, sabiendo de su poder ilimitado, juega a jugar, y se le ocurre imitar a su Padre, quiere ser exactamente igual que Él. Y en su inocencia y en su pureza, en su deseo de honrar a su Creador, juega a imaginarse siendo el creador de su Padre.

Pero ese movimiento no es posible, esa carrera no lleva la dirección natural de expandir, esa carrera acabaría con el gozo de la creación infinita, esa puerta está cerrada, no por prohibición, sino por su propia seguridad.

El Padre, empuja amorosamente a su Hijo hacia “afuera”, mostrándole que esa dirección no es posible, que la dirección que debe tomar su movimiento es hacia la extensión, de lo contrario la Creación quedaría atrapada en un bucle cerrado Padre-Hijo-Padre-Hijo…

La Creación es extensión, esa es la naturaleza del Espíritu/Mente, mantenerse SIENDO, eternamente, mediante su función creadora.

El Hijo está confundido… Pero, ¿no podía pensar cualquier cosa?, ¿no podía desear cualquier cosa?, ¿no era su poder, un poder ilimitado?

El Hijo se hace sabedor de la única cosa que no es posible.

Bien, si no es posible, no se puede hacer, y si no se puede, ahí acaba la historia, un error, una inocente confusión.

Ese movimiento fugaz, inocente, en dirección contraria a la expansión, no tiene consecuencias, la Creación sigue su curso natural hacia lo infinito y lo eterno.

Mas, si pongo en pausa ese instante, ese momento ínfimo de confusión, de leve frustración por haber recibido una negación…

¿Podría extraer ese instante de la secuencia y examinarlo?

Si reproduzco la película, todo ocurre de forma armoniosa, no es posible apreciar ninguna consecuencia. Una criatura que corretea hacia todos lados y que en una de sus carreras intenta hacer un movimiento de cierre en lugar de un movimiento de apertura. Y su Padre, corrige amorosamente esa trayectoria errada, pero es tan fugaz que visto en la secuencia, es un movimiento más. Todo sigue su curso expansivo y nada ha ocurrido.

Pero a cámara lenta, muy lenta, puedo ver los gestos de sorpresa del Hijo, el semblante contrariado, la duda, la decepción, el miedo, la culpa por haber querido hacer un movimiento que hubiera supuesto la finalización de todo.

Veo miedo, apuro y vergüenza, ¿quizás enfado?

¿Podría ese instante atemporal e informe, ser el cuadro de mi vida y del mundo que veo y experimento?

¿Podría el Hijo haberse asustado tanto que no hubiera podido evitar imaginarse el desastre y hubiera vivido una pesadilla producto de su imaginación? ¿O fue un acto deliberado de cabezonería?

En verdad, una mente con poder ilimitado, desea o piensa, y directamente, crea, esa es su naturaleza.

En cualquier caso, ¿podría haber imaginado un espacio de tiempo imposible, pero que cree estar viviendo?

Y el Hijo no solo lo imagina, sino que pierde la noción de su realidad y lo toma en serio, y se confunde, y da por verdad lo que está imaginando.

Y toda la pesadilla ocurre en su mente y parece verdad.

Y no lo es, su naturaleza hace que sea imposible que eso esté ocurriendo de verdad, pero el Hijo “ha quedado atrapado” en su ensoñación.

Entre las características del Hijo, se encuentra la libertad, por lo tanto es libre de escoger si seguir creyendo su sueño o desechar la idea.

Y elige tomar su sueño en serio…

Creedor de esa ensoñación como realidad, cree haberse separado de su padre, quizás incluso lo ha destruido.

Ahora está solo, ahora no tiene padre, ahora él está al cargo de la creación… Después de todo, ese fue su deseo, ahora sí puede crear a su padre.

¿Tiene sentido? ¿Puede ser que ese momento de confusión diera lugar a mi mundo?

Está el miedo, está la culpa, está la necesidad de valerse por sí mismo, está la creación ilusoria de un padre. Cuadra…

Dice el Curso, que ese padre creado por nosotros, por mí (el Hijo de Dios) es el ego, y que se hizo sin amor, pues ya nos creíamos separados de la Fuente, ya nos creíamos culpables y nos creíamos el miedo como algo real.

El ego se hizo sin amor, porque el miedo y el amor no pueden coexistir, uno anula al otro.

Ya perdimos el conocimiento de lo que éramos, ya olvidamos nuestra perfección, nuestras características. Al creernos solos, pensamos que el Padre no nos veía, no nos escuchaba, habíamos roto la unión, nos lo habíamos cargado todo.

No tiene sentido, pero al mismo tiempo, tiene todo el sentido.

De la misma manera, al otro lado de la escena, el Padre ve el gesto contrariado y confuso de su Hijo, y simplemente le susurra que no pasa nada. Lo tranquiliza, le habla, lo corrige y lo acompaña para que extienda su creatividad.

¿Es esa la voz del Espíritu Santo de la que habla el Curso? ¿La voz en mí que me invita a abandonar la ensoñación?

Es que tiene sentido… Ese es mi mundo, en formato de espacio y tiempo, un momento que no existió como yo lo estoy imaginando y que no tuvo consecuencia alguna.

Todo siguió y nada ocurrió, pero en la metafísica que tengo que aplicar desde aquí, podría más o menos quedar explicado. Lo abstracto es imposible de aclarar con palabras concretas.

En mi estado natural no hay forma, no hay límite, no existe tiempo ni espacio, pero desde aquí necesito secuenciarlo como un relato en línea continua, dentro del tiempo.

Vuelvo al inicio de la aventura del Hijo, que necesito recordarme que nunca ocurrió, sino que solo lo imaginó, y que en su imaginar, creyó imaginar algo bien diferente a su realidad, sin el sostén de su Fuente, perdido y abrumado.

Antes de seguir, me pregunto: ¿y por qué no es posible que todo vuelva a la normalidad en la mente del Hijo?

Y necesito recordarme otra vez, que en verdad nunca ocurrió nada.

Y necesito recordarme de nuevo, que el Hijo de Dios (tú, yo, nosotros) es libre y que su poder es ilimitado.

El Hijo se sorprende por no poder hacer un movimiento, y el Padre le indica que tome la dirección correcta. Y se lo indica con amor, sin violentar su libertad, solo se lo indica, y del mismo modo que en el momento de la Creación el Hijo dijo “Sí”, en ese momento de corrección el Hijo dijo nuevamente “Sí”, y todo siguió su trayectoria.

El Hijo escuchó la voz de su Padre, la comunicación era permanente, solo se despistó un instante, se embobó, se ensimismó en su ensoñación, le pareció que el sonido de la voz era más tenue, menos presente. Y ello duró un instante, pero suficiente para que creyera que, o bien había destruido a su Padre, o bien éste lo había abandonado por su “desobediencia”.

Dice el Curso, que nosotros abandonamos el Cielo, renunciamos al Amor para vivir nuestra aventura. Pareciera que fue un acto deliberado, de pura cabezonería.

A mí me cuadra también explicármelo desde ese momento de confusión y de susto, un “ratito” de ensimismamiento.

Cuando imagino algo, desconecto de donde me encuentro, entro como en hipnosis, pierdo de vista mi mundo conocido y doy vida en mi mente a aquello que esté imaginando.

Y en un ensimismamiento o despiste, si pierdo el contacto con lo real, puedo creer y validar esa pequeña película dentro de la gran película, no desde la cabezonería, sino desde la supervivencia. Me refiero al mismo funcionamiento que cuando sueño por la noche. En ese instante, creo lo que ocurre, pierdo contacto con mi mundo de vigilia, e intento lidiar con la situación que sea, como si de hecho, fuera bien real.

El Hijo cree que ahora está solo. Que no lo está, pero en su sueño, real para él, así es.

Sea como sea, imaginarlo, desearlo, alumbrar esa idea, no fue el problema, el problema fue tomarlo en serio, creer que había ocurrido.

Pero los pensamientos no abandonan su Fuente. No me he ido, sigo en el Padre, unida a Él como mi Fuente, la que me creó. Solo creo que he cortado la comunicación, y solo en parte, de lo contrario, no anhelaría nada, no sentiría falta alguna. Aún queda el Ser, que sabe lo que Es.

Retomo la locura.

El Hijo, como quiera que sea, ha creído que ahora está solo. Ahora no tiene más remedio que crear a su Padre, pues así conoce la creación, así ha nacido y en ese formato pretende que han de seguir las cosas: un hijo es precedido por un padre.

Pero ahora no creará a su padre desde el amor o el puro gozo, lo hará desde el miedo y la necesidad, desde el convencimiento de que está solo y de que todo depende de él.

Y esa serán las características, pues lo creado es como su creador.

Y el olvido será también un rasgo, pues el Hijo ha necesitado olvidarse de quién es para poder experimentar su sueño.

E imagina a su padre, que crea a su imagen y semejanza (miedo, culpa, carencia, soledad), y acuerda con él, de la misma manera que su verdadero Padre hizo en el momento de su Creación:

“Te amaré eternamente, como tú a mí. Sé tan perfecto como yo, pues nunca podrás estar separado de mí”.

Y el nuevo padre, el ego, creado falsamente por el Hijo dormido, dijo “Sí”.

Así, el ego, es mi invitado, el ego ocupa el lugar que yo le he asignado.

Importante no olvidar que el ego tiene las mismas características que el Hijo dormido: cree que está solo, que Dios ya no está, que ha de sobrevivir solo, que ha hecho algo muy grave, cree que puede olvidar, que se ha separado… es el símbolo de lo que el Hijo ha creído que ha ocurrido, la separación.

El ego es el primer pensamiento errado del Hijo dormido, la primera fabricación, la primera pieza de su sueño, el punto de partida para el resto de sus fabricaciones, de sus falsas creaciones.

Ahora todo se construirá en base a esa mentira, a esa idea absurda de que ha ocurrido lo imposible. Ahora cree que actúa solo, bajo la directriz de su padre errado, ahora el miedo, la culpa y la creencia en la separación, son su aparente naturaleza.

Y lo consigue mediante el olvido, mediante la ruptura de comunicación con el único mundo real, su Padre, el Cielo, sus propias creaciones, sus propios Hijos, la Unidad perfecta.

Y se asegura de no poder recordar que su padre errado, el ego, es algo de su propia invención, que ocupa el lugar que él mismo diseñó, y que por razón de su naturaleza, en realidad no es nada y no existe.

Intento recomponerme. Hasta aquí llego en cuanto al origen, en cuanto al cómo y al por qué. Y por el momento me basta.

Pero, ¿qué hay del sueño?

Y lo más importante, ¿hay salida?…

Sigamos, ¡ahora no podemos quedarnos así!

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